Adaptándonos a mini J

Todos los padres tenemos un ideal montado antes de que nazcan nuestros hijos, y todos cometemos los mismos errores al decir: yo nunca haré esto, estoy segura que haré lo otro… pues la primera bofetada en la cara nos la damos nosotros al darnos cuenta de que NUNCA hemos de juzgar a los otros padres pues, al final, acabaremos haciendo exactamente lo mismo que ellos o, en algunas ocasiones, aún peor de lo que pensamos. Además, tampoco hay que hacer caso a los comentarios que te hagan respecto a la manera de criar a tu hijo, porque los oirás, pero nos hemos de mentalizar de que aquí el que manda es el bebé, y que todo lo acabaremos adaptando a él. Sobretodo, no hay que sentirse mal por nada, cada padre lo hace lo mejor que puede por su hijo, se dedica en cuerpo y alma a él y, haga lo que haga, está bien.

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Y así fue con mini J…
¡Cuando nació era todo ideal! Los primeros días de hospital pensábamos que teníamos el niño perfecto: comía, dormía mucho (las noches eran de cine, para ser un recién nacido aguantaba unas 6 horas del tirón) y casi no lloraba.

El drama llegó cuando nos instalamos en casa. La primera noche intentamos que durmiera en su cunita-colecho, pero no quiso. No entendíamos el porqué, sólo quería estar con nosotros; lloraba y no conseguía dormirse como en el hospital (más tarde supimos que era porque allí dormíamos con una luz tenue y él lo hacía junto a mami o papi, por lo que eso le tranquilizaba. Sabía que no estaba solo), así que en medio de la desesperación por querer descansar algo lo trasladamos a nuestra cama, y logramos dormir algo. Lo seguimos intentando cada noche durante semanas, pero nada… ¡No había manera! Sólo se dormía en mis brazos o acurrucado a mi lado o en el de mi marido.
Pasaron los días y cada día lloraba más (lo normal en todos los niños vaya) pero nosotros no conseguíamos calmarlo cuando le cantábamos canciones, le poníamos música, le hablábamos al oído… nada le tranquilizaba. La idea de que no nos oía iba cobrando más fuerza cada día.

Al final decidimos dormir con una lucecita quitamiedos en nuestra habitación, a ver si así conseguíamos que descansara en su cunita. Al darle el pecho se despertaba cada dos-tres horas para volver a comer, así que poco dormía en el colecho, aunque lo intentábamos cada noche. Dejamos de hacerlo el día que nos confirmaron que nuestro hijo padecía sordera. Ese día ambos nos sentimos muy culpables por querer forzar una situación y no ver lo que él nos estaba pidiendo, necesitaba nuestro contacto físico para saber que estábamos con él. Como ya os dije, lloramos toda la noche abrazados a él, pero desde ese día hemos hecho lo que él nos ha pedido y hemos disfrutado de nuestras noches juntitos en la cama. Hemos podido dormir más o menos bien y nos ha regalado algunas noches de cine y, otras, no tanto… Pero sobretodo las hemos compartido felices.

Empezamos a meterle en su cunita-colecho cuando vimos que él ya descansaba mejor solito, aunque siempre acompañados de una luz y sin forzar la situación. Cuando nos necesita le metemos en nuestra cama y nosotros encantados.
A mini J siempre le han fascinado las luces; ya podía llorar a mares que si le encendías una luz, de golpe se callaba y se quedaba mirándola atónito. A nuestro hijo no le gustaba nada que la gente lo cogiera de cara a ellos, imaginamos que es por el hecho de taparle el punto de vista, y se encorvaba hacía atrás para que lo giráramos. Nos ha costado mucho explicarle a la gente que lo cogiera como les decíamos, sin dar explicaciones sobre su discapacidad, y siempre oíamos el típico comentario como: «¿porqué hace esto, es normal?» Lo hemos escuchado tantas veces… hasta que un día te cansas y contestas.

Cada niño es un mundo, y cada uno avanza a su ritmo. Nuestro hijo va lento en según que cosas, como por ejemplo aguantando su cabecita. Cuando todos los niños suelen aguantarla sobre los 3-4 meses, más o menos, al nuestro le ha costado bastante más. Hoy día aún a veces se tambalea. Como decíamos, cada niño es diferente y, el nuestro, juega con desventaja pues no tiene el sentido del equilibrio desarrollado, así que todo parece que le cuesta más. Pero no por eso no es normal, claro! Es un niño muy grande y le cuestan más algunas cosas que otras. Sólo hay que conocerlo y tener algo de paciencia.

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Foto de Beth @lisbeth

A medida que han ido pasando los meses se ha ido acostumbrando a que la gente lo coja y, aunque aun se tira para atrás dependiendo de quien lo lleve, se queja menos y deja que le cojamos como a cualquier otro bebé.
Mini J es muy espabilado y, de no ser por las pruebas que le han estado realizando, nadie creería que es sordo, os lo aseguro. Balbucea y grita mucho, y hay veces que hasta parece que hable y te escuche, aunque por desgracia ahora no sea así. Es un niño muy observador y está alerta de todo. Ha costado mucho aceptarlo y hemos pasado por muchas fases. Para nuestras familias tampoco ha sido fácil, y la negación ha predominado estos meses. Ya es duro aceptar que tu hijo no oye, pero más lo es aun cuando vas escuchando comentarios del tipo: «este niño no es sordo, alomejor no necesita implantes, puede tener restos en los conductos auditivos, tiene muchos mocos, mira a reaccionado con este ruido, conozco a un amigo que le dijeron que su hijo tal»…. y mil cosas más.

No queremos ofender a nadie, no es nuestra intención cuando escribimos todo esto. Sabemos que es una situación difícil y que todos lo estamos pasando mal. Nuestras familias son pilares fundamentales para nosotros y todo lo que han hecho y hacen siempre es para ayudar y darnos apoyo, pero ha costado mucho aceptar la idea de que mini J padece hipoacusia profunda bilateral.

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Comunicar a nuestras amistades que nuestro hijo era sordo se nos hacía cuesta arriba, pero sabíamos que debíamos normalizar la situación para poder llevarlo mejor. Cada vez que escuchábamos a nuestros amigos decir algo como: «mira como reconoce la voz de papi o qué charlatán, seguro que ha aprendido de mami…» o incluso simplemente el hablar con voz bajita para que no se despertara, se nos partía el alma, nos mirábamos y se nos encogía el estómago.

Así que poco a poco lo fuimos contando de la manera más natural que podíamos a nuestros amigos, nuestra segunda familia, y pedimos discreción a todos pues queríamos contárselo uno a uno, poco a poco. Cada vez que lo decíamos se nos hacía durísimo. Duro por volver a hablar del tema, explicar todo de nuevo y, sobretodo, por volver a escuchar lo mismo: «no os preocupéis por suerte tiene solución».

Sabemos que hay solución, estamos felices por saber que podrá escuchar, pero el proceso es muy doloroso y pasar por todo esto el primer año de vida de tu hijo, que ya de por si es duro, hay días en que todo suma y no te levantarías de la cama.

Queremos que sepáis que en cuanto te dan la opción del implante no te aseguran que tu hijo sea candidato. Debes antes pasar muchas pruebas, y los meses pasan lentos hasta llegar a saber si habrá o no solución y focalizar tus fuerzas en ello. Hay días en los que no te apetece poner buena cara y sonreír. Hay días en los que te desfogas y lo pagas con el que tienes más cerca, en mi caso mi madre, a la que agradezco toda su paciencia y apoyo.

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Os tengo que confesar que al saber que mini J padecía una sordera profunda me dio miedo conducir. No podía calmarlo cuando lloraba. Él no me veía, se sentía solo y asustado y yo me desesperaba al volante, así que mi madre me recogía cada día de mi casa y me llevaba a la suya para que no estuviera sola; se aseguraba así de que comiera bien, mi familia me hacía compañía, me distraía y me animaba. Por lo que no tengo palabras para agradecer el día a día junto a ellos, me han ayudado mucho. Finalmente decidí afrontar el problema y ahora no tengo problemas para coger el coche pero, como os decía, los inicios y los cambios son difíciles y todo suma.

Queremos dar las gracias a todos los que nos apoyáis día tras día, sobretodo a nuestras familias y nuestros amigos, quienes estáis a nuestro lado siempre, pase lo que pase, aguantando nuestro humor y haciéndonos las cosas más fáciles. GRACIAS!


8 respuestas a “Adaptándonos a mini J

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